Travessa do Soriano
liga o Largo de S. domingos à Rua dos Mercadores
En las primeras horas de la mañana nos embarcamos para Macao. Vemos ante el buque numerosos grupos de chinos. Un retén de policia regula su avance, uno por uno (...). Todos son registrados de cabeza á pies (...). Como estos hombres amarillos se parecen todos por su traje azul y sus rostros casi uniformes, es difícil estabelecer distinciones entre un coolí pacífico que va por sus negocios á Macao y un pirata que prepara con sus compañeros el ataque del buque en mitad del viaje. (...)
Antes del embarque nos hemos despojado de los relojes y joyas de uso diario. Vienen conmigo dos señoras, acompañadas de sus doncellas. Una de las mencionadas damas, muy hermosa y elegante, nació en Bombay, pero es hija de español. Está casada com Mr. Stephan, director del Banco de Hong-Kong y Shangai, instituición financiera la más importante de todo el Extremo Oriente. (...) La señora de Stephan lleva muchos años deseando ir á Macao y nunca se decidió á realizar tal viaje por miedo á los piratas. (...)
Todos los de nuestro grupo almorzamos en un salón de la cubierta más alta, para evitarnos el roce con las familias que ocupan el comedor de primera clase. Son gentes bien educadas, pero el olor especial de los chinos resulta intolerable para muchos olfatos europeos. Ellos, por su parte, declaran que nosotros expelemos un hedor de carne cruda, digna de nuestra condición de bárbaros. Tal vez el hacernos comer aparte es tambíen para que no veamos los manjares favoritos de estos pasajeros. Algunos son personajes importantes, vecinos de Hong-Kong, que van á pasar unos días en sus casas de Macao. Visten ricas túnicas de seda azul y ostentan botones de piedras preciosas. Uno de estos chinos opulentos ha sido ennoblecido por el rey de la Gran Bretaña y goza el título de baronet. La importancia financiera de todos ellos y su trato con los blancos hacen que el populacho les considere traidores á su raza, y como en Hong-Kong las asociaciones chinas son temibles por sus venganzas, estos personajes viven encerrados en sus palacios, y cuando desean unos días de esparcimiento se transladan a Macao, donde el orden es más firme y las autoridades portuguesas pueden ofrecerles mayores seguridades. (...)
Aparece lentamente la vieja y interessante cuidad de Macao. Tiene un aspecto multicolor y ligero, de poblacíon del Extremo Oriente, y al mismo tiempo, una estabilidad sólida que revela el origen de sus fundadores. Los edificios son obra de albañilería en su mayor parte (...) y por encima de sus techumbres se remontan los campanarios de las iglesias católicas.
Macao, que fué llamada primitivamente «Ciudad del Santo Nombre de Dios en China» (...) nos recuerda al antiguo Portugal y parece venir de ella una respiracíon lejanísima de nuestro mundo. El puerto viejo es más chino que la ciudad. (…)
Nuestro vapor va pasando ante una fila de grandes juncos, galeones panzudos que parecen imaginados por un artista en delirio más que por hombres dedicados á la navegacíon. Tienen en su proa dragones enroscados y dorados, amenazando con sus fauces ignívomas el azul del cielo y del mar. El velamen de sus arboladuras se compone de esteras de bambú, en forma de alas de murciélago. (…) De los castillos de algunos galeones surgen columnitas de humo perfumado, revelando la existencia de un altar en honor á la Diosa de las Aguas, ante cuyo ídolo arden varillas de sándalo. (…)
Macao es una península semejante a Gibraltar, aunque su montaña tiene menos altura. Un istmo la une al territorio del antiguo Imperio, y su puerto era el mejor de todo el estuario antes de que los ingleses fundasen á Hong-Kong, hace tres cuartos de siglo. En esta península se ha ido extendiendo una ciudad de 80.000 habitantes, cifra extraordinaria si se tiene en cuenta el espacio reducido de la colonia. El comercio ha realizado tal milagro. (...)
El governador actual, doctor Rodrigo Rodrigues, es un médico que gozaba de justo renombre en su patria antes de entrar en la vida política; un republicano de los que combatieron desinteresadamente á la monarquía (…). Durante las horas pasadas em Macao pude apreciar lo que mi amigo Rodrigo Rodrigues lleva hecho en varios años de govierno. Una recaudacíon de los impuestos, bien administrada, ha dado lo suficiente para la construccíon de un puerto grandioso (...).
Guiados por los ayudantes del governador, jóvenes de gran cultura intelectual, vamos conociendo la ciudad, pintoresca mescolanza de edificios chinos y caserones portugueses del siglo XVII. Una fachada de piedra es lo único que resta de la antigua catedral de San Pablo y del convento anexo (...). El castillo guarda recuerdos del ataque de los holandeses en el siglo XVII. Vemos en su capilla una losa sin nombre que cubre los restos de los defensores de Macao. Como dice el doctor Rodrigo Rodrigues, el culto al soldado desconocido creado por la última guerra lo inventaron los defensores de Macao hace más de doscientos años...
En una explanada del castillo nos obsequian con un té abundante en alfajores y otras pastelerías portuguesas, que recuerdan las de Andalucía. ¡Panorama inolvidable!... (...)
A nuestros pies extiende la ciudad (...) Muchas fachadas están pintadas de rosa ó azul, colores tiernos que infunden una alegre juventud á las construcciones vetustas. (...) Cabecean bajo la brisa de la tarde docenas y docenas de juncos (...).
El gobernador nos muestra el jardín donde está la gruta en cuyo interior meditaba y escribía Camoens (...). Se mezclan la melancolía de los antiguos huertos chinos y la majestad de los jardines portugueses de Cintra. (…) La gruta no es mas que un corredor entre grandes piedras, ocupado ahora por el busto de Camoens. (...) Tantas placas de mármol dan á este lugar, que com razón puede llamarse poético, un aspecto antipático de cementerio. Algunos vecinos de Macao, especialmente parejas jóvenes, vienen á merendar en el histórico jardín, y al son de un gramófono ó un organillo bailan ante el busto coronado de laureles. (...)
Al cerrar la noche abandonamos la calle principal de Macao, abundante en bazares chinos, para correr las callejuelas adjacente, que ofrecen á dicha hora un aspecto interesante. (...) El gran vicio chino es el juego, y en Macao es libre. Algunos llaman á este pequeño país el ‘Monte- Carlo del Extremo Oriente´ (...). El juego favorito es el «Fan-tan». Entramos en una de las casas dedicadas á este vicio nacional. Hay tantas de ellas que resulta difícil escoger. Todas tienen sus fachadas anuncios luminosos y rótulos chinescos (...).
La enorme mesa de juego está en el piso bajo, y en torno á ella se agrupan los ‘puntos´ de clase ínfima, coolíes, marineros y trabajadores del puerto. Subimos por una escalera bien iluminada al piso superior. El suelo está perfurado por una gran abertura oval, que da exactamente sobre la mesa colocada en el piso bajo. En torno á su barandilla se sientan en banquetas de hule los jugadores de más distincíon. Ciertas casas tienen una segunda y una tercera galería (...). Los empleados reciben el dinero de los jugadores de su piso y lo bajan hasta la mesa en pequeños cestos pendientes en cordeles (...). Mujeres chinas en plena libertad. Van vestidas con pantalones y blusas de rica seda azul: llevan un flequillo de pelo sobre la abultada frente; en su pecho y sus meñecas centellea la pedraría de abundantes joyas; fuman sin parar cigarrillos con perfume de opio, sosteniendo entre los dedos una larguísima boquilla de carey; ponen una pierna sobra la otra (...); rién com cierta insolencia, murmurando palabras ininteligibles, mientras examinan fijamente á las señoras europeas que acaban de entrar. (…) Las casas de «Fan-tan» carecen de puertas y las partidas se suceden día y noche, renovándose el personal de la mesa. (...)
Mientras las señoras vuelven al palacio del gobernador, donde nos espera un gran banquete, corro yo con uno de sus ayudantes, el teniente de navío Sebastián da Costa, notable escritor portugués, á conocer otra de las singularidades del viejo Macao, la llamada «rua da Felicidade». (...) Se compone de casas estrechas, cuyo piso bajo ocupa enteramente la puerta. A través de su abertura se ve una especie de zaguán con el arranque de la escalera que conduce á las habitaciones superiores, y algunos asientos chinescos, ocupados por las dueñas y sus amigas. Son mujeronas de cabeza voluminosa, miembros delgados y grueso tronco, con una nariz tan aplastada que apenas si resulta visible cuando situán de perfil su ancho rostro, amarillo como la cera. Estas membras maduras, retiradas de las peleas sexuales, fuman gruesos cigarillos mientras conversan lentamente. Otras se peinan entre ellas á la luz de una lámpara colocada ante sus ídolos predilectos. Las pensionistas de dichas casas juegan en medio de la calle (...). Todas ellas son chinitas apenas entradas en la puberdad. Se persiguen como gatas traviesas, dando maullidos de regocijo. Algunas se acercan a nosotros despúes de colocarse ante el menudo rostro una careta de gesto monstruoso, una máscara espantable de dragón ó de genio, como únicamente sabem imaginarlas los artistas chinos, y las pobrecitas rugen para infundirnos pavor, riendo á continuacíon de su travesura.
Nos fijamos en los diversos altares de las casas. Todos ellos guardan bajo marco imágenes de papel doradas y multicolores: dioses ó diosas de las Aguas, del Viento, de la Felicidad, etc. En algunas de dichas viviendas, las húespedes no tienen dinero para adquirir divindades protectoras, mas no por eso carecen de altar. Han colocado en la pared, bajo doseles de colores, un anuncio de la Coompañia Transatlántica Japonesa, con su vapor de cuatro chimeneas y un mar de grandes olas, y le encienden todas las noches su lámpara, lo mismo que en las casas vecinas. Tales improvisaciones no asombran á ningun chino. (...)
Nos obsequia el gobernador Rodrigues con una magnífica comida en su palacio. Admiro los salones de esta residencia (...). Muchos de sus muebles proceden de Cantón y tienen más de un siglo. En los rincones hay grandes ánforas de porcelana multicolor (…).
Con el deseo de que viésemos a Macao detenidamente, no ha querido el doctor Rodrigues dejarnos partir á media tarde en el vapor de Hong-Kong. Por miedo á los asaltos de los piratas, este vapor emprende su regreso poco después de su llegada, para que no le sorpreenda la noche en el camino. Las aguas portuguesas son las más seguras. El vigía del castillo de Macao sigue durante dos horas de marcha de los buques por el enorme espacio de mar abierto ante la ciudad, y puede dar aviso á los cañoneros portugueses si nota algo extraordinario. (...)
Nosotros saldremos de aquí después del banquete. Un remolcador del puerto se encargará de llevarnos á Hong-Kong. Hasta las once de la noche estamos en la grata compañia del gobernador, su esposa y hijas y las familias de sus ayudantes. Nos vemos tratados con la proverbial cortesía de los hidalgos portugueses. Algunas damas cantan fados y romanzas sentimentales de la patria lejana. Cuando cesa la música hablamos de lo que fueran los navegantes portugueses y españoles dentro de la historia del progreso humano.
Salimos para Hong-Kong en el pequeño vapor. Va tripulado por media docena de marineros que son chinos de Macao. Su patrón parece ser el único portugués, pero acabo por creerle también mestizo, nacido en la colonia. Todos ellos se entienden en lengua china (...).
Si me preguntan cuál es la sensacíon más honda y duradera de mi viaje alrededor del mundo, tal vez afirme que el viaje de Macao a Hong-Kong, sobre un mar dormido como una laguna, bajo la cúpula de una noche esplendorosa, con el incentivo de marchar en el misterio (...).
Ha surgido la luna (...) las estrellas son tantas en este cielo tíbio, que al levantar la cabeza para verlas, pardean los ojos cual si lloviese sobre ellos polvo de luz. (…) Ofrece la proa un espectáculo más extraordinario al deslizarse por sus flancos el agua partida em espumas. Ahora, al regresar de Macao, considero asi insignificante la luminusidad extraordinaria de la baía de Hong-Kong. (…) Queremos ver una vez más, bajo esta luz de misteriosa apoteosis, el deslizamiento de los peces despertados por nuestra proa, negros y eclípticos como manchas prolongadas de tinta china.























Sem comentários:
Enviar um comentário